El parque de atracciones de MontjuÏc apura
sus últimos momentos mientras se cae de puro viejo
Felip Vivanco (Barcelona)

Los platillos espaciales con dos volantes y
tubo de escape agonizan; los caballos del tiovivo, antes
vigorosos y bien pintados, ya no relinchan, agonizan; los
coches del “scalextric”, la noria venerable y
achacosa, los autos de choque de cartón piedra, la montaña
rusa ruidosa, el dragón de tres cabezas en horas bajas, la
calavera asesina sin nuevos trucos.
Todo agoniza en el parque de atracciones de Montjuic, desde la
primera verja hasta la última papelera, todo se cae de puro
viejo y, sin embargo, casi todo sigue funcionando y dando
vueltas, y la música sigue
sonando, como las sirenas al principio y al final de cada
viaje y el público sigue acudiendo, aunque cada vez menos. El
parque de atracciones de Montjuc agoniza, luego existe. Ha
sido así en los últimos años y así será hasta el día que lo
cierren. Cuestión de un mes, o tres o cinco. Cuestión de que
el Ayuntamiento decida alargar la concesión o cierre las
instalaciones definitivamente.
“Hoy ha venido menos gente de lo habitual, no sé por qué, tal
vez porque en el Tibidabo ya han abierto las atracciones.”
“¿Gente? La normal, en domingo vienen más.” Los empleados del
parque apenas tienen ganas de hablar y menos de aventurar el
futuro de las instalaciones, y menos aún de aventurar una
fecha de cierre. “¿Fin de la concesión?, ¿litigio judicial? De
eso no sabemos.”
Los monstruos del túnel del terror, la iguana maldita, la
calavera asesina, los dragones, los demonios, están en paro
forzoso. “Aparato en revisión”, se lee en un cartel metálico
medio oxidado. Hoy se cumple una semana del accidente en el
que resultó malherida una pareja que salió despedida de su
vagoneta. “¿Cuándo la abrirán?”, preguntan un grupo de chicos
y chicos de La Llagosta y Montcada, mochilas en ristre. Nadie
contesta. Ayer amaneció nublado en Montjuk, hacia la tarde se
fue despejando. Y ni así. Unos cientos de visitantes, un
ejército de turistas italianos esperando para entrar y poco
más.
La noria gira un rato, luego se para, peleas en los autos de
choque: “conduzco yo; no, conduzco yo”. A los más pequeñosno
les importa lo más mínimo si la nave espacial está mal pintada
o si el coche de bomberos es más bonito o menos. A ellos sólo
les preocupa que la atracción dure mucho y que la campana del
coche suene bien fuerte cada vez que pasan por delante de sus
padres. Saludan y dicen adiós con la mano. Como el parque.
Recorte de prensa facilitado por Piranesi78