Escasos visitantes en el Tibidabo y muchos en Montjuich

La Vanguardia  07-08-1968
(Barcelona)

Amplio desarrollo del parque de atracciones y renovación de anacrónicas instalaciones en el Tibidabo

Sorprende la sobriedad con que Barcelona acoge la perspectiva de divertirse.
La ciudad parece más inclinada a trabajar durante la semana y a reposar apaciblemente los domingos que a compensar diariamente el esfuerzo laboral con la válvula de escape de unas horas de olvido en la diversión.
Al enfocar el examen de los alicientes nocturnos que ofrecen a propios y extraños los grandes parques de la ciudad, tenemos que limitarnos a hablar del Tibidabo y de Montjuich y aún sólo podemos referirnos al tema exponiendo las características generales de diversión que ofrecen durante el resto de la jornada ambos lugares. Porque la noche es en los mismos una parcela, apenas indiferenciada, del total del día, y por lo general, la menos importante.

¿Qué debería haber en el Tibidabo, en Montjuich y en otros parques, como el de la Ciudadela, por ejemplo, para crear unos focos de atracción de visitantes? No basta, por supuesto, con la curiosidad de una panorámica nocturna, ni el propósito de huir momentáneamente del calor que reina en la ciudad. Las alturas que dominan Barcelona sólo pueden incrementar el interés del visitante y alargar su estancia en la ciudad, harto reducida ahora en una jornada y media, si existieran en las mismas un complejo de instalaciones calculado para todos los gustos, todas las edades adultas y todos los bolsillos.

Puede resultar discutible la necesidad de utilizar Montjuich y el Tibidabo como alicientes susceptibles de incrementar el interés hacia la ciudad. Pero esto sería válido si la iniciativa municipal no se estuviera volcando en Montjuich con inversiones impresionantes que tienden a este fin. El puerto, el «Pueblo Español» el recinto de la Feria, las zonas deportivas, el Parque de Atracciones, el Castillo y tantos otros lugares han sido revalorizados por una amplia mejora de comunicaciones, por unas instalaciones bellamente protegidas y por la construcción de espléndidos miradores.

No sucede lo mismo con el Tibidabo, algo más alejada de la ciudad pero mucho más elevada, y cuyas posibilidades reales sobrepasan probablemente las que tiene Montjuich. El Tibidabo, futuro parque de la comarca de Barcelona, ha sido olvidado en la promoción de esta clase de instalaciones por el apoyo oficial, y encomendado a la iniciativa privada. Su cumbre ha venido siendo predominantemente religiosa, y acaso esta consideración haya moderado la proliferación de lugares de diversión.

Montjuich, el principio de una montaña atracción

Montjuich ha despertado brillantemente de su condición de nido de barracas, de equívoco parque con peculiares riesgos y de la suciedad y el abandono que lo señoreaban no hace mucho tiempo.

Las grandes inversiones municipales, la devolución del Castillo a la ciudad, la desaparición del chabolismo, la demolición del Pabellón de Bélgica, la restauración del Palacete Albéniz, y ahora la recuperación del Estadio y sus instalaciones, han dejado la montaña, en gran parte de su superficie, apta para desarrollar en ellas los más fantásticos y ambiciosos proyectos turísticos.

La restauración, hace pocos años, del funicular aéreo del Puerto y la previsión de medios propios para el traslado colectivo dentro del recinto de la montaña, potencian lo que quizá constituye hoy el mayor foco de interés para los visitantes: el parque de atracciones.

Este se está rehaciendo de una «dolencia» muy frecuente en estos casos. Una especie de empacho producido por su formidable éxito inicial; tal fue el impacto producido por su inauguración que su capacidad se veía limitada por las muchedumbres que acudían. La crisis económica y otros factores han obligado a sus promotores a iniciar seriamente la batalla de atracción de visitantes nacionales y extranjeros. La vida nocturna tiene allí un sólido apoyo con sus locales «Las Cuevas de Carmen Amaya», su boite «lord Blak», su fuente de Buigas con hora y tres cuartos de distinta programación de juegos de agua y de luz, y también, por el carácter de ser «aptas» para adultos, una parte de sus 51 atracciones.

El parque es conocido en el extranjero, y figura ya en los itinerarios nocturnos por la ciudad de varias agencias de viajes. El año pasado el total de visitantes, nos han dicho, fue de un millón cuatrocientas mil personas.

La temporada «buena» es desde la segunda quincena de junio hasta las fiestas de la Merced. Está, como se ve, muy condicionada al calor del verano. Si hace fresco, especialmente por las noches, disminuyen los visitantes. La hora de cierre normal es de las dos de la mañana, y en un día «bueno» llegan a subir hasta 22.000 personas. En invierno —es decir, el resto del año— se abre el parque sólo los festivos.

La promoción no ha hecho más que empezar. Dentro de pocos días el parque organizará, con la autorización municipal, una línea de autobuses que recogerá al público en la plaza de España y en Atarazanas para llevarlos hasta sus instalaciones. El servicio, incluido el regreso, se efectuará a horas regulares y será gratuito. Irá en combinación con el precio de la entrada, que es de 10 pesetas.

Falta una amplia promoción para el turismo de lujo. Y, según nuestras noticias, va a emprenderse también seriamente.

Un veinte por ciento del terreno destinado al parque está todavía por utilizar.
Será destinado, al parecer, a este tipo de instalaciones: restaurantes de categoría, espectáculos, etcétera. El actual teatro al aire libre, en el que se piensa celebrar este año el Festival de la Canción Internacional, tiene una capacidad de 2.400 asientos, y cuenta con espectáculos de gran categoría artística.

El Tibidabo, la tradición en trance de renovarse

El lugar de principal foco de atracción del Tibidabo es un, relativamente reducido, casquete de la cumbre. El lugar está muy enraizado con las costumbres de la clase media barcelonesa, que es el público favorito que la visita. Y lo hace en un contingente impresionante. Nada menos que dos millones de personas subieron en 1967.

En el Tibidabo, hasta 75 atracciones, es decir, un número mayor que en Montjuich, pero son más anacrónicas en su mayoría, aunque también parecen más adecuadas a los más sosegados afanes de sus visitantes. Los precios son más limitados; el estilo, más conservador.

Pero también ha llegado la hora de la transformación. ‘El funicular, al que se duplicó la capacidad en 1958, empieza a perder terreno. La gente quiere subir en su propio vehículo, pero en la cumbre sólo hay, aprovechando todo lo que puede hacerse, unas 500 plazas para aparcamientos.

La falta de ayuda y promoción municipal y de la Diputación, que son dos de los principales propietarios de la montaña, para el desarrollo turístico de ésta, viene compensado por las buenas comunicaciones y por unos maravillosos parajes hechos de pinares, lugares magníficos para un domingo familiar, para el descanso y el asueto.

Junto a la cumbre se ha habilitado ua bosquecillo para «picnics». Pueden adquirirse allí, a precios populares, platos combinados, y también las familias pueden sentarse en una de las 70 mesas instaladas para comerse pacíficamente lo que llevan desde sus domicilios; sin gastar ni cinco céntimos. Está en proyecto una amplia transformación.

Los dos hoteles se harán más populares, para que por poco dinero se pueda comer bien. Se cambiará también el estilo de muchas atracciones. Algunas serán sustituidas por otras más actuales, como el «avión» y el «ferrocarril aéreo», por ejemplo. Se instalarán varias de riguroso interés actual. Está preparándose el pleno aprovechamiento de una piscina bellamente situada. La renovación será completa.

Sin embargo, por la noche, apenas hay visitantes. Rigurosamente hablando, no se ve a nadie. Sólo quizá, los fieles que acuden a sostener la intensa vida espiritual que promueve el templo. Quizá por esto, afortunadamente acaso, no hay por allí cerca diversiones demasiado profanas.

Recorte de prensa facilitado por Jose Pérez

La caída de un imperio

El Mundo – Lunes, 28 de septiembre de 1998
Elena Cuesta (Barcelona)

La-caida-de-un-imperio

Barcelona vista desde la noria, una de las atracciones del parque de Montjuic, que ayer cerró definitivamente (Domenec Umbert).

El Parque de Atracciones de Montjuïc en Barcelona, cerró ayer sus puertas para siempre, y ya nadie podrá volver a montar en su noria .

El Parque de Atracciones de Montjuïc en Barcelona ha agotado su última temporada estival. Ayer respiró el último halo de su vida. La noria, desde donde los enamorados divisaban la ciudad, el Ratón Loco, la atracción estrella, y las luces del teatro al aire libre se han cerrado para siempre. Desde hoy ya nadie volverá a subirse a las atracciones, y el miércoles empezarán a desmontarse para convertirse en un amasijo de hierros y estructuras metálicas. Entre los cables y escombros quedarán los recuerdos infantiles de generaciones de barceloneses.

Pero para la empresa explotadora del recinto -Parque de Atracciones, S.A.-, con el montón de chatarra se va mucho más. Para ella, entre los cúmulos de hierro se cuelan las imágenes en las que el parque ejercía una verdadera atracción para los habitantes de esta área metropolitana. Montjuïc reinó en los 70. Pero la corona se le cayó hace tiempo.

A Antonio Verdugo, uno de los encargados, le dolía ayer el alma. «Vamos a dejar perder un parque emblemático. No creo que se tenga que cerrar». Pero todo lo emblemático que tenía el parque se fue perdiendo con el paso del tiempo, que avanzó al mismo paso que la decrepitud.

Ayer fue uno de esos días en que se pudo percibir más que nunca la caída de un imperio de la diversión. Aunque había más gente de lo habitual -lo decían los mismos trabajadores- el vacío reinaba en la última jornada. Se veía gente paseando, disfrutando de un día soleado y una atmósfera cristalina que las fuertes lluvias han dejado tras de sí. Pero muchas atracciones se ponían en marcha con dos o tres personas en sus lomos, ofreciendo un espectáculo desolador.

Y sus motores rugían después de un buen rato parados, a la espera de recibir a algún huésped que hiciera olvidar que la soledad, además del óxido, se ha adueñado de las viejas máquinas. La empresa explotadora no había invertido en renovaciones. Sabía que el parque tenía los días contados. No valía la pena modernizarse para morir. Lejos en el tiempo quedan aquellas épocas en las que las largas colas se apoderaban de las atracciones más espeluznantes y vertiginosas.

Pero para algunos visitantes, el cierre fue una sorpresa. «¿Qué? Me dejas chafada», respondió Vicenta cuando se le preguntó su opinión acerca del cierre. «Pues es una lástima», acertó a decir después de conocer la triste noticia. «Es verdad que lo han tenido un poco descuidado, pero no entiendo por qué lo cierran», se lamentó.

Mari Carmen, que sí sabía que ayer era el último día del parque de atracciones, lo tenía muy claro: «Lo han dejado morir». Estaba sentada en un banco con su suegra, esperando a que su hijo y su marido bajaran de la noria.

Alejandro también era consciente de que pisaba el parque de atracciones por última vez. «Me parece una barbaridad y una pena», decía. Para Alejandro la idea de cerrar el lugar es un plan preconcebido por el Ayuntamiento, «que no le tenía mucha simpatía a la empresa». De hecho, sus últimas relaciones las vivieron en los tribunales. El Ayuntamiento de Barcelona sostenía que la concesión acababa en 1996. Pero la empresa explotadora se resistía a abandonar las 15 hectáreas de la cúspide de la montaña después de 30 años. Al final, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña le dio la razón al Ayuntamiento y el juez dictó la sentencia de muerte del parque.

La pena capital se cobra el trabajo de 66 empleados. Ayer atendían las atracciones y sonreían a los niños felices -con sonrisas ajenas al cierre- por última vez. Después, el paro. «Yo voy a seguir estudiando, no sé qué harán los demás», declaró uno de los empleados. Otro se mostró más acorde con el último día de faena. «Nos han pagado una indemnización mínima. Hemos tenido que luchar para conseguir lo que marca la ley». Tenía tiempo para hablar largo y tendido. La atracción que atendía, Boomerang, parecía que estuviera cerrada. Y eso que llegó a ser una de las atracciones reina, de aquellas en las que se sueltan gritos cuando el vagón se desliza por unos raíles que dibujan piruetas en el aire, dejando la cabeza boca abajo. Boomerang desaparecerá físicamente, pero miles de barceloneses la inmortalizaron con sus fotografías, hoy ocultas en los álbumes familiares.

Ajenos al cierre, una manada de gatos vagaba libremente por los caminos y las escaleras. Los mininos no lo saben, pero dentro de unos días tendrán menos lugares en los que refugiarse. Para ellos, el cierre también tendrá sus consecuencias emocionales.