Más de media vida en el Parque de Atracciones de Montjuic

Como barcelonés nacido en los 60, mi vivencia en el desaparecido Parque de Atracciones de Montjuic no es muy diferente de la de muchos usuarios que ya han dejado su impronta en estas páginas. Mi primer recuerdo del Parque es estar subido al tiovivo mientras me comía un Bony de Bimbo: tendría unos cinco años, era el año 1971, y me había llevado mi tío, que entonces estaba soltero.

Mi infancia y juventud siempre estuvieron ligadas a las visitas al Parque, que eran bastante frecuentes si el artista que actuaba en el Teatro era del gusto de mis padres. Me acuerdo que, cuando mi padre aparcaba el Seat 127 blanco (siempre había sitio para aparcar en Montjuic), y veía la estatua de Dante Alighieri, ya sabía que estábamos a punto de entrar al parque. Dante tenía la mano extendida: un día, un bromista le puso un paquete de Ducados entre los dedos. A mi padre le hizo mucha gracia, porque era fumador entonces. Yo también lo dejé.

Mi primer recuerdo es estar subido al tiovivo mientras me comía un Bony de Bimbo.

Lo habitual es que mi hermana y yo no nos pusiésemos de acuerdo sobre qué atracciones queríamos visitar, así que mi padre imponía un salomónico “numerus clausus”: tantos tickets para cada uno, y listo. Pero rapidito y sin entretenerse, que había que coger un buen asiento en el teatro. Y muchas veces se llenaba hasta la bandera… En el marco del Parque he visto actuar en directo a Mary Santpere y Torrebruno (ella se agarraba al pequeño italiano y decía “Somos el prototipo de la pareja española”). A Arenas y Cal, los Hermanos Calatrava, Pepe Da Rosa: los humoristas funcionaban muy bien en aquel espacio. El Dúo Dinámico venía todos los años, y mi madre no se los quería perder, como a Manolo Escobar, María del Monte, Alberto Cortez y tantos otros… A medida que nos hacíamos mayores, ya no teníamos tanto interés en acercarnos al parque, pero si había alguna actuación interesante, mis padres no tenían inconveniente en ir solos o con algunos amigos.

Una infancia marcada por el Parque de Atracciones

Quien diga que una infancia marcada por un parque de atracciones no influye en tu personalidad posterior, miente como un bellaco. Me fascinan las luces de colores, los castillos del terror, las máquinas recreativas, las figuras de gran tamaño… Y de todo eso, se perfectamente quien es el culpable. ¿Necesito decirlo?

Añoro el Tren Fantasma, el Castillo de Terror, los Jets, la Casa Magnética, el Ratón Loco y el tren del Oeste. La sección de recreativas me llamaba como las sirenas a Ulises: suerte que mi padre siempre fue un poco rácano con las monedas de 25 pesetas. La primera vez que vi un reloj digital, con sus números rojos y de color dorado, fue en Montjuic: unos chavales lo habían obtenido como premio en una máquina de grúa.

En 1988 ya estaba felizmente casado e independizado de mis padres. Eso no quiere decir que dejase de subir a Montjuic: fui varias veces para probar el Carrer del Terror (recordemos la locura que creó en Barcelona este tipo de atracciones), e incluso recuerdo haber realizado un reportaje en una de las revistas para las que trabajaba, Fangoria. También accedí en varias ocasiones al Boomerang, la espectacular montaña rusa de la última época, solo o en compañía de amigos. Si sobrevivías a los 43 segundos del viaje de ida, y a los 43 del de vuelta, esta vez de espaldas, podrías aguantar casi cualquier cosa.

La omnipresente Noria…

La triste despedida

Se notaba tristeza en el Parque, un mantenimiento defectuoso y un personal muy joven y poco motivado al cargo. En agosto de 1988 me llegó la noticia de que Montjuic cerraría definitivamente sus puertas en Septiembre de aquel año. Personalmente, me dolió mucho, a la luz de todo lo explicado. Se lo comenté a mis padres, que el parque bien merecía una despedida: ellos estuvieron de acuerdo, y esta última vez fui yo quien les llevó a ellos. Creo que se emocionaron mucho, viendo tantos años de buenos momentos desfilar ante sus ojos, y que contrastaban con el vacío y la melancolía que recorrían todos los recovecos de Montjuic. Yo llevé la cámara y tiré un par de carretes: entonces no era como ahora, que con una cámara digital disparas a cualquier cosa que se mueva. Me hubiese gustado disponer de más fotos, sobre todo de las atracciones que mas me gustaban, como el Tren Fantasma. Pero este puñado que tengo son originales, son mías y, al igual que todos mis recuerdos, nadie me los puede arrebatar.

El Twister. El circuito infantil de coches. La omnipresente Noria. El restaurante que se convirtió en el Carrer del Terror. El cohete espacial, que veías desde cualquier punto del parque: por más que lo he mirado desde niño, nunca ha parecido encoger. El teatro de escenario minimalista y exiguo, cuya entrada de artistas era a través del lavabo de señoras. El tiro al blanco con ametralladora de aire comprimido: ahí tenéis la última diana que hice en él. La ya desangelada y polvorienta galería de recreativas. El logo amarillo de la discoteca Lord Black. El bar de con forma de ballena, que tenía la cola encadenada para que no pudiese escapar. El inevitable paseo por la zona infantil, que siempre te hacía sonreír al recordar que tu subías ahí. El ruido del Love Express cuando su lona tapaba de forma aparatosa a todos sus ocupantes. Y muchas otras cosas que no caben aquí.

Todo esto desapareció sin remisión, engullido por una Barcelona que actualmente muere de éxito, y un inmenso jardín (de los que hay muchos en Montjuic) ocupa su lugar. Conocí a Joan Brossa y siento un alto respeto por su obra y su memoria… pero no se que daría por poder subir una vez mas al Tren Fantasma.

Texto y fotografías de Francisco J. Campos (Octubre de 2018)

Editado por Josep Pérez y Esther Bose

La Casa Magnética (1974-1998)

En el parque de atracciones de Montjuïc había una atracción que se llamaba “La Casa Magnética”. Consistía en una sala inclinada y poco iluminada donde entrar era sencillo, pero  intentar salir, parecía imposible.

La casa magnética era la representación de un salón comedor. El suelo era una rampa muy pronunciada y para salir tenías que subir la rampa. Al final había una butaca “pegada” al suelo, como el resto del mobiliario y, si te dejabas caer por la pendiente, chocabas con una pared acolchada. ¡Menudos topetazos se pegaba la gente contra la pared! Eso si no se daban antes contra la mesa que estaba en el centro.

La luz “negra” y la inclinación del suelo ayudaban un poco a dar  la sensación de que la pared te atraía hacia ella, de ahí su efecto “magnético”.

Como anécdota, decir que fue la última atracción que quedó en pie una vez desmantelado todo el parque, incluso seguía conectada la luz negra y funcionaba como siempre.

¿Tienes algún recuerdo bonito (o no) relacionado con esta atracción? Si quieres compartirlo con nosotros  dejándonos un comentario, nos encantará.

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El arte resucita durante un mes el parque de atracciones de Montjuïc

Margarida Pinto
El Periódico de Catalunya      06/07/2001

Una muestra de 15 artistas representa la memoria y la caducidad de la antigua instalación de ocio.

La propuesta permite hacer una última visita a un espacio cerrado desde 1998 y que será demolido.

Las ruínas de lo que fue el parque de atracciones de Montjuïc han servido de inspiración y materia prima a 15 artistas, que hasta el próximo día 29 invitan a los habitantes de Barcelona a regresar, por última vez, a un espacio que es parte del imaginario de la ciudad.

EX-Parc d’Atraccions. Intervenció urbana, es el título de la muestra -que se enmarca en la Trienal de Barcelona- y, según la comisaria, Elena Vallet, constata «la conversión de un espacio de ocio y atracción turística en ruína». Los artistas, que utilizan los restos como material, reflexionan sobre la caducidad, la memoria y el pasado irrecuperable. «Las intervenciones sólo tienen sentido en un momento y un lugar que dejarán de ser en cuanto la exposición termine», afirma Vallet.

En un recorrido por el parque, cerrado desde 1998 y a punto de ser demolido para dar lugar a un espacio verde abierto, el espectador es invitado a participar en experiencias lúdicas, mientras otros proyectos apelan a sus recuerdos. Un viaje nostálgico por un espacio asociado a la pura diversión es la propuesta.

VIEJOS SONIDOS

Y, de hecho, el contraste no puede ser más fuerte: en la entrada, el visitante oye por todas partes sonidos de atracciones y multitudes tomadas en parques actuales, pero la vista le devuelve a la realidad un terreno casi desértico. Hay que buscar las propuestas de los artistas entre la vegetación y dentro de las atracciones abandonadas. Pero en cuanto empieza a caminar, el visitante se entera enseguida de que no falta nada: hay fotos souvenir, algodón azucarado, vagonetas, restaurante, bazar y hasta césped para descansar.

La mayoría de los artistas participantes ha tenido una vinculación especial con el parque, lo que ha dado lugar a respuestas muy personales.

Es el caso de Sebastián Roselló, que recurre a fotos de su álbum familiar, reproducidas en gran formato, para recrear espacios típicos del parque.

Mireia Sallarés, Albert Peral, Luis Bibe, Gino Rubert y Erich Weiss son otros de los nombres que participan en la exposición.

Una recreación del pasado hecha con materiales del futuro

Los artistas que participan en la exposición en el parque de Montjuïc utilizan todo tipo de materiales para llevar a cabo sus propuestas. El audiovisual es uno de los elementos más usados.

Luis Bibe, por ejemplo, interviene en el espacio inclinado de la Casa Magnética. El artista ha eliminado el interior y ha superpuesto una proyección de diapositiva, de modo que va desapareciendo la imagen original mientras va ganando espacio la imagen del artista.

El enorme poder evocador del sonido está presente en la intervención de Begoña Montalbán, que ha grabado la agitación de otros parques de atracciones para marcar el contraste con el espacio abandonado de Montjuïc.

El-arte-resucita-durante-un-mes-el-parque-de-atracciones-de-MontjuicCuatro propuestas

1. La capacidad de crear y destruir, según Dionis Escorsa.
2. Las vagonetas de Mireia Sallarés.
3. Una polaroid de Gino Rubert.
4. Césped sobre escombros, de Albert Peral.

EL APUNTE. De Rosario Fontova (Periodista)

Recuerdos

Una de las exposiciones más extrañas jamás celebrada en Barcelona introducía al espectador en el interior de una angosta cloaca, donde hasta las ratas estaban limpias, con entrada por el paseo de Sant Joan. Esta trienal de arte de Barcelona se apodera de otro espacio insólito, las ruinas urbanas del parque de atracciones de Montjuïc, para convertir los jirones de la memoria y la nostalgia en campo de pruebas para jóvenes creadores.

La idea como concepto es excelente, pero deja un sabor agridulce. ¿Por qué cerró Montjuïc? ¿Qué truncó los recuerdos de miles de críos ahora adultos?

Recorte de prensa facilitado por Jose Pérez

Hace diez años que cerró el Parque de Montjuïc pero muchos aun nos acordamos

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Barcelona  27-09- 2008   (Achus! Noticias de Parques Temáticos)

Hoy, diez años después del cierre del Parque de Atracciones de Montjuic, un grupo de nostálgicos mantienen vivo el parque. Todo empezó hace un par de años, cuando unos pocos crearon la web http://www.achus.biz con la intención de rememorar las emociones vividas, y con unas pocas fotos y unos cuantos datos dieron lugar, con el tiempo, a un verdadero archivo popular del parque de atracciones de Montjuïc. Poco a poco se han ido adhiriendo más aficionados, y regularmente quedan en el propio parque para rescatar más recuerdos mientras pasean por los silenciosos jardines, los mismos que en otros tiempos estuvieran atestados de griterío, sirenas y alegría.

Este año, los aficionados al Parque de atracciones de Montjuïc no celebran los diez años de su clausura, tan sólo celebran que diez años después de su cierre, el parque sigue vivo. Algunos de estos aficionados nos han comentado sus experiencias y las quieren hacer públicas desde esta web.

Raúl nos dice – recuerdo ir de pequeño con mis padres, esperaba cada verano para ir una o dos veces. El día que iba se formaba una gran expectación, recuerdo que casi no comía al mediodía. Después pillábamos el coche y hacia el parque. Una vez dentro, pues ya ves, vamos aquí, vamos allá… Las actuaciones se me hacían pesadísimas, claro, yo quería atracciones. Me encantaban los autos de choque pequeños; repetía una y otra vez, de ahí la ventaja del superbono. El tren fantasma me daba pavor, y esperábamos en la cola pensando en el coche que nos iba a tocar. Y así hasta que escuchaba las fatídicas palabras de mis padres: “Nos vamos ya”. Al escuchar esas palabras, me corría un sudor frío y subía las escaleras de la entrada llorando; no sé, me daba pena abandonar el parque. Esto hasta una edad casi seria, hasta los 9 o 10 años.

Después pusieron el boomerang, vaya pasada para la época. También recuerdo el olor de óxido que se te quedaba en las manos por el sudor a causa de agarrarte a las barras de las atracciones. Mi última vez fue unos días antes del cierre, hace ya casi 10 años. Con su cierre se fueron muy buenos ratos, recuerdos con mi familia y amigos. Yo me lo pasaba muy bien, se me pasaba volando el tiempo que estaba allí. Recuerdo al irme cada vez, dejar atrás todas esas luces que me esperarían el próximo año. A partir de ese día del 1998, ya no las vi brillar más.

Pero en internet encontré una página en la que gracias a unas personas estupendas el parque brilla otra vez en mi recuerdo; lágrimas al subir por las escaleras, olor de óxido en las manos, nervios por subir a todas las atracciones,…

Juan Castillo, uno de los componentes de este pequeño grupo, nos dice que si había un sitio en Barcelona donde era posible reír, gritar, asustarse, emocionarse, enamorarse, y disfrutar… hoy en día ya no existe. Pero vamos a detenernos un momento para pensar más allá de lo que vemos y lo que tocamos.

Estoy hablando del Parque de Atracciones de Montjuic. De pequeño era mi preferido. Siempre que pasábamos con el coche de mis padres por la puerta (numerosas veces, porque mis abuelos vivían por la zona), me quedaba contemplando los loopings del Boomerang, la Noria, la parte alta de los Jets y todo lo que sobresalía por encima de los árboles. No se veía el Tren fantasma desde ninguna carretera, pero el saber que estaba ahí, en el rincón más inferior del parque, me daba una especie de cosquilleo en el interior. En efecto, ese parque tenía magia en cada uno de sus espacios y se sentía fácilmente.

No era un cúmulo de atracciones puestas sin ton ni son… cada una parecía estar en perfecta armonía con las otras. Eran grandes, fuertes, y con los años fueron adquiriendo majestuosidad y un aire de decadencia (el pensar que venían de los 70’-80’s le daban una magia especial). Yo solo viví la etapa desde el 84 hasta el 98, suficiente para admirarlo y disfrutarlo las veces que fui. Insuficiente frente al dolor de cuando lo quitaron.

Mi padre me había hablado de un tren del terror, unos vagoncitos que entraban en un túnel y salían brujas, monstruos y sonidos de pesadilla. Yo tendría unos 5 años o quizás un poco menos. No pude dormir, al día siguiente me iban a llevar al parque por primera vez y no podía esperar. Tengo recuerdos borrosos de ese día, sé que era muy soleado, que nos acompañaba mi tía, que nos subimos en las Tazas, en el Zig-Zag, en la montaña rusa infantil (donde a ella le vino un ataque de nervios y se quería poner de pie para bajarse y mi madre enfadada la sentaba). Justo después, recuerdo ver el Tren Fantasma desde la planta infantil, justamente donde estaba el cohete. Recuerdo mirar hacia abajo mientras mi padre me sujetaba, y ver a la gente haciendo cola para entrar. Miré a un lado y vi un inmenso grillo negro moviendo sus patas y antenas. Un búho, un águila… una especie de serpiente marina… me puse muy nervioso, me quería ir de ahí, porque pensaba que la bruja que había dentro iba a salir por la puerta de un momento a otro. Recuerdo que me impresionó el haber visto una Ballena-Restaurante en la puerta, y que a los empleados y clientes no les diese miedo estar justo al lado del infierno ese.

A los años vi un especial en casa de mis tíos, en el Canal +, donde anunciaban a bombo y platillo la incorporación del Boomerang al parque. Recuerdo que se veían las cámaras subidas enfocando a la gente gritando, y acordamos  volver a ir. Esta vez sí que me monte en el Tren Fantasma. Recuerdo estar sentado en los vagoncitos con mi madre, esperando a que nos tocase el turno para entrar. Iban avanzando poco a poco, y entraban con un estruendo y un portazo al interior. Estaba nervioso. Recuerdo que cuando estábamos justo en la puerta, mi madre dijo: ya nos toca a nosotros… y me puse más nervioso aún. Había un lagarto justo encima, con una pinta muy real. El taquillero le dio a un botón, pegamos una sacudida y el vagón empujó las puertas con violencia. Era un pasillo recto, muy largo y completamente oscuro, olía a humedad y a grasa de máquinas. Había una boca verde enorme con los ojos rojos, por los que pasamos, se acercaban una especie de demonios balanceándose, sonaba una alarma muy estridente… una calavera gigante, más puertas que se abrían fuertemente… me ponía muy inquieto el saber qué vendría detrás de esas puertas, y la soledad que había dentro… era como haber entrado en otro mundo, si se te quedaba la vagoneta parada dentro… seguramente los del exterior se olvidarían de ti para siempre, y eso incrementaba la emoción. Todo estaba muy bien hecho, los monstruos parecían de estudio de cine. A pesar de tener sus años y ser mecánicos, todo refulgía con colores sobrenaturales a causa de la luz negra. Muchos portazos, un buda, una parte en Egipto, aire saliendo de un ventilador enorme, un hombre lobo, una mujer con el pecho descubierto que se giraba para mostrar un cadáver, un astronauta enorme, una subida al espacio donde un demonio te tiraba aire comprimido por su parte trasera, haciéndote pegar un bote… Estaba el planeta Tierra, astronautas, estrellas y volvías a bajar a la tierra (pensando que sería rápido, y realmente bajabas a trompicones por una gruta con estalactitas muy inclinada) donde esperaba un hipopótamo con la boca abierta y cara de pocos amigos entre una cascada. Muchos giros, esqueletos tocando instrumentos, la famosa bruja sentada en un palo en lo alto, dos serpientes gigantes con cabeza humana, un zigzag de puertas chocantes… y de repente, veías la luz exterior con un portazo final. A día de hoy me sorprendo de lo bien hecho que estaba, de ser una atracción imaginativa, original y bien trabajada. Para mí, es la atracción más perfecta que había visto nunca.
Seguramente, si la viese hoy en día en funcionamiento, me reiría de lo cutre que era, o quizás nuestra sociedad ha pasado de valorar algo inocente e imaginativo como si fuese una mierda y querer buscar emociones mucho mas fuertes, donde acabes sacando las tripas por la boca. Eso quizás fue lo que acabó condenando a un parque donde la pretensión principal era sorprender y divertir, y no forrarse a toda costa de los visitantes.

Años después fui varias veces, ya casi adolescente, con mi prima y su novio por aquel entonces. Las alarmas de las atracciones, el Amor Express, el Barco del Mississipi, el Vikingo, Boomerang, Noria, Casa Magnética, Tazas, Jets… por mencionar algunas y no ser pesado… era todo grandioso, mágico, viejo y nuevo a la vez, decadente, melancólico, pero majestuoso, y siempre muy unido al verano y a la ciudad.

El cierre para mi fue muy rápido, demasiado, y quizás si me hubiese pillado ahora, hubiera intentado algo para evitarlo. Noticias en TV3 de un accidente en el Tren fantasma, donde dos extranjeros habían salido heridos y habían precintado la atracción, fin de la concesión, promesas del ayuntamiento de renovación, muchas ofertas… pero llego el final: el parque de atracciones de Montjuic, cierra definitivamente y su espacio lo ocupará una zona de jardines y picnic.
Poco a poco fueron desapareciendo el Boomerang, el Vikingo, la Noria… cada vez que íbamos a ver a los abuelos quedaban menos cosas. El cartel de letras con el título del parque iba desapareciendo poco a poco también. Recuerdo subir con amigos y mirar por verjas y taquillas, y ver coches aparcados, mucho polvo, cemento levantado, restos de autochoques y neumáticos.
Vi el video clip de Seguridad Social – Al ritmo del corazón, y pegué un salto en el sofá de casa… se mostraba la boca verde del Tren Fantasma y el teatro del parque, incluso los Karts. Lo habían grabado con el parque ya cerrado, como aprovechando los últimos restos arqueológicos de algo que está agonizando.

En el 2001 se anunció una apertura provisional para ver las ruinas y la interpretación de unos artistas sobre la alegría, el paso del tiempo encima y el final de las cosas. Me sonó a patraña por parte del Ayuntamiento, como para excusarse de algo tan atroz y convertirlo en poesía artística. Como haber querido contar con rimas y sonetos un asesinato. Pero igualmente fui. No me decepcionó, pero inundó mi subconsciente con imágenes con las que sueño incluso en la actualidad. La Casa Magnética todavía en pie, con los carteles oxidados y sin luz en sus bombillas… pero funcionando todavía por dentro. Un par de figuras del Safari seguían en pie, sin vías, ni árboles, ni nada más. Sonaban por altavoces sonidos de atracciones, alarmas… ponía la piel de gallina, emocionaba muchísimo, y también daba mucha rabia. Sólo estaban abiertas la planta superior y la media. El resto lo tenían cercado y acordonado, pero mi cabezonería y ‘desesperación’ me hicieron saltármelas para bajar hasta el Tren Fantasma e intentar ver qué habían hecho con él. Me esperaba ver un descampado o algo demolido… pero me encontré con un muro sólido de piedra, en donde dos agujeros enormes cerca del techo (por donde salían los vagones a la planta superior) revelaban que dentro seguían las estalactitas de la parte del hipopótamo. El suelo estaba lleno de restos de ladrillos, cemento, plásticos, poliéster… Me arrepentí de no haber ido antes y haber pedido permiso para que me lo dejasen ver por dentro, incluso llevarme algo de ahí. No quedaba ni el grillo de la fachada, ni el esqueleto, nada. Una pared de piedra. También me sorprendió el ver que era una construcción de aspecto militar, y que a la contra del Castillo del Terror (en el que todo era un caserón metálico de feria), esto era algo que llevaba mucho tiempo antes del parque, y que se quedaría ahí incluso después. Esa idea me consoló.

Dos años después se anunció en los periódicos la apertura de los jardines. Y fui con mis padres por primera vez a los ‘jodidos’ jardines Joan Brossa (Basura).
La verdad es que si ese jardín tiene algún encanto, es por los recuerdos que tenemos de él, y por ver el misterioso polvorín ahí, entre las enredaderas, sabiendo que es el único testimonio de que ahí hubo algún tipo de actividad, al igual que el edificio parasol, el Sferic, las estatuas de bronce y las oficinas de la entrada… no nos queda nada, pero la magia sigue ahí.
Nos hemos emocionado actualmente, nos hemos reído. Nos hemos preguntado qué habrá detrás de esas puertas del polvorín,  si saldrá algún monstruo o algo, como cuando funcionaba. Hemos comido frankfurts, hemos ido con parejas, amigos, familia. Hemos relacionado en nuestra cabeza cualquier sonido de coches, música o roce metálico con las atracciones que hubieron ahí… el parque ha tenido fuerza, a día de hoy, para juntar a personas de todas las edades, de caracteres distintos, de melancolía similar, para seguir diciéndonos que esto no ha sido una muerte final… que queda un pequeño y fino hilo que va latiendo lentamente y que estamos manteniendo. Y eso es algo bueno, por lo que, para mi al menos, el parque de atracciones tiene y puede tener vida para largo. Los gobiernos cambian, la sociedad también, pero el buen hacer, los sentimientos y las ilusiones siempre están ahí.

Jose Luis Sierra nos dice: – Desde muy pequeño ya me gustaron mucho los Parques de Atracciones, y de adolescente venía con mis padres a Montjuich, y este Parque tenía algo especial que me cautivo. Hay muchos rincones donde aún me acuerdo de mis padres. Posteriormente me casé y seguí viniendo al Parque con mi mujer y mi hija. Rara era la semana que no venía. Nada más entrar nos montábamos en el ZIG ZAG, y luego, sobre todo en las de niños.

Más adelante me separé, y entonces el Parque era mi segunda casa. Todos los viernes y sábados venía a ver las actuaciones de la tarde y noche, y no me perdía ningún artista fuera del genero que fuera. Entre actuaciones me iba a mi rincón favorito, allí en la Ballena, y me tomaba unos pinchitos y unos frankfurts inolvidables. Al terminar, como no, un paseo en el Tren Fantasma.  También me gustaba mucho el Castillo del Terror y la Casa Magnética. Por allí pase momentos difíciles de olvidar con muchísimas personas, y aún hoy, al pasear por los actuales jardines, recuerdo muchas cosas y me da mucha pena no poder volver atrás para revivir esos momentos tan bonitos. Recuerdo también cuando al cerrar el parque, riadas humanas iban bajando buscando la plaza de España, y ese embriagador olor de la tierra , las flores y plantas del Parque de Montjuich en esas calurosas noches de verano. También recuerdo los gritos de los que se montaban en el Boomerang, que se escuchaban ya desde antes de entrar en el Parque, tantos y tantos recuerdos que desgraciadamente, o afortunadamente, aún siguen vivos gracias a esta maravillosa Web:  http://www.achus.biz.