Agoniza, luego existe

La Vanguardia  05-04-1998 – Felip Vivanco (Barcelona)

Agoniza-luego-existe

El parque de atracciones de MontjuÏc apura sus últimos momentos mientras se cae de puro viejo

Los platillos espaciales con dos volantes y tubo de escape agonizan; los caballos del tiovivo, antes vigorosos y bien pintados, ya no relinchan, agonizan; los coches del “scalextric”, la noria venerable y achacosa, los autos de choque de cartón piedra, la montaña rusa ruidosa, el dragón de tres cabezas en horas bajas, la calavera asesina sin nuevos trucos.

Todo agoniza en el parque de atracciones de Montjuic, desde la primera verja hasta la última papelera, todo se cae de puro viejo y, sin embargo, casi todo sigue funcionando y dando vueltas, y la música sigue sonando, como las sirenas al principio y al final de cada viaje, y el público sigue acudiendo, aunque cada vez menos. El parque de atracciones de Montjuic agoniza, luego existe. Ha sido así en los últimos años y así será hasta el día que lo cierren. Cuestión de un mes, o tres, o cinco. Cuestión de que el Ayuntamiento decida alargar la concesión o cierre las instalaciones definitivamente.

“Hoy ha venido menos gente de lo habitual, no sé por qué, tal vez porque en el Tibidabo ya han abierto las atracciones.” “¿Gente? La normal, en domingo vienen más.” Los empleados del parque apenas tienen ganas de hablar y menos de aventurar el futuro de las instalaciones, y menos aún de aventurar una fecha de cierre. “¿Fin de la concesión?, ¿litigio judicial? De eso no sabemos.”

Los monstruos del túnel del terror, la iguana maldita, la calavera asesina, los dragones, los demonios, están en paro forzoso. “Aparato en revisión”, se lee en un cartel metálico medio oxidado. Hoy se cumple una semana del accidente en el que resultó malherida una pareja que salió despedida de su vagoneta. “¿Cuándo la abrirán?”, preguntan un grupo de chicos y chicos de La Llagosta y Montcada, mochilas en ristre. Nadie contesta. Ayer amaneció nublado en Montjuic, hacia la tarde se fue despejando. Y ni así. Unos cientos de visitantes, un ejército de turistas italianos esperando para entrar y poco más.

La noria gira un rato, luego se para, peleas en los autos de choque: “conduzco yo; no, conduzco yo”. A los más pequeños no les importa lo más mínimo si la nave espacial está mal pintada o si el coche de bomberos es más bonito o menos. A ellos sólo les preocupa que la atracción dure mucho y que la campana del coche suene bien fuerte cada vez que pasan por delante de sus padres. Saludan y dicen adiós con la mano. Como el parque.

Recorte de prensa facilitado por Piranesi78